3:17 am
Tu aliento contra mi pecho. El calor de tus piernas dobladas entre las mías. No digo nada porque el silencio de esta hora ya habla por los dos: el roce de tu pulgar en mi muñeca, la forma en que tu pecho se hunde y vuelve a llenarse contra mi. No pienso en nada. O en todo a la vez. Tu mano descansa con el peso exacto de quien no necesita afirmar que está aquí. Simplemente está. Y eso basta para que el mundo afuera —el frío, la ciudad dormida, el tiempo que pasa— se vuelva rumor lejano, casi inventado. Cierro los ojos, respiro el olor de tu piel mezclado con las sábanas, siento cómo el sueño tira de ti, cómo tu cuerpo se acomoda un poco más contra el mío, confiada, dulce, tierna. En este borde entre la noche y lo que viene, no sé si somos dos o uno solo que respira por dos bocas. Solo sé que, si alguien me preguntara dónde está el cielo, apuntar...